¿Cómo? ¿Usted sólo es mexicana?

“¿De dónde vienes?”

Es la pregunta con la que abren todas las personas aquí, cuando me las presentan. No porque reconocen que soy extranjera, sino porque en este país todo mundo viene de todos lados. Especialmente en un ambiente universitario, no todas las personas vienen de la ciudad en la que estudian.

“México,” contesto siempre.

Ahí es donde la conversación tiende a seguir de tres formas:

  1. ¡Oh! ¿Y qué estudias? Y, ¿por qué escogiste Alemania?
  2. ¡Oh! ¿Y qué estudias? Y, ¿es verdad que México es muy peligroso?
  3. ¡Oh! ¿De qué parte de México? Yo ya estuve en tal o cual. Y, ¿qué estudias?

Luego, preguntan qué opino de Donald Trump. Ya saben, con lo del muro y todo eso.

Y sin embargo, de cuando en cuando, en contadas ocasiones, la conversación se va por una ruta diferente. Una ruta que no sorprende, pero sí incomoda y de alguna forma, decepciona.

La última conversación de ese tipo, la tuve con el hombre que estaba reparando mi escusado. Me preguntó de dónde venía, qué estudiaba y qué opinaba de Donald Trump. Él piensa que Trump está loco y que no sabe gobernar. Pero luego dijo algo que yo no esperaba escuchar, al menos no un martes en la mañana mientras reparaban mi escusado: “Pero tiene un punto. Como todos nosotros, los alemanes, tiene miedo de que lleguen demasiados extranjeros al país.”

Una generalización poco favorecedora. Conozco suficientes alemanes que se molestarían mucho al escuchar eso, pero no le dije nada. Después de todo, ¿qué le contesto yo, extranjera, a un hombre que me está diciendo que tiene miedo de que lleguen demasiados extranjeros? Por un segundo pensé en gritarle, ¡BUU!, para ver si se asustaba, pero lo consideré imprudente.

“Es como los indios que vienen al país y no quieren aprender alemán,” siguió hablando. Dio varios ejemplos, siempre asegurándose de decir cosas como “yo no tengo nada contra los musulmanes”, como si eso lo absolviera de su racismo al presentar situaciones absurdas, como que uno nunca sabe si la mujer musulmana del baño público es realmente mujer porque no se le ven más que los ojos.

“Pero usted es alemana,” me dijo.
“No, mexicana,” le dije por segunda vez.
“Sí, sí, pero tiene la doble nacionalidad. Los turcos también pueden.”
“No, soy mexicana.”
“¿Cómo? ¿Usted sólo es mexicana? ¿Pero por qué no tiene acento?”

Que no se pierda la bonita costumbre de hablarle de usted a la extranjera a la que no le quiere creer que es extranjera porque no encaja en su imagen distorsionada y llena de prejuicios de cómo debería ser un extranjero.

El hombre me dijo que le interesaba saber mi opinión como persona joven, pero al darse cuenta de que teníamos opiniones opuestas, decidió regresar a trabajar en el escusado y no me volvió a hablar sino hasta que terminó de trabajar y solamente para explicarme el nuevo sistema y para despedirse.

Asumió que yo, al ser “mitad alemana” no vivo muchas situaciones de racismo aquí y, aunque se equivocó al pensar que tengo la nacionalidad alemana, lo otro que dijo es correcto: no vivo muchas situaciones de racismo en Alemania. Mis amigos, casi todos alemanes, son abiertos, amables, respetuosos, disfrutan conocer de otras culturas y mi etnicidad, color o género no influye en la forma en la que me tratan. En la universidad pago lo mismo que los estudiantes alemanes, en la iglesia soy una más del grupo y en la calle nadie me cuestiona el por qué estoy aquí.

Pero el que yo no lo viva a diario, no significa que no existe. El miedo a que lleguen demasiados extranjeros y a que se pierda lo verdaderamente alemán en este nuevo mundo globalizado y multicultural no es propio del plomero que arregló mi escusado. La popularidad del partido de ultra-derecha alemán y el número de asientos que obtuvo en el parlamento después de las últimas elecciones lo comprueban. Tampoco es un miedo propio de Alemania. La presidencia de Donald Trump en Estados Unidos, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, la popularidad de Marine Le Pen durante las elecciones en Francia, entre otros, son ejemplos claros.

Hace un mes estaba por subir las escaleras de la estación del tren cargando una maleta cuando un hombre se ofreció a ayudarme. Su piel era más oscura que la mía y tenía un acento marcado. Me sonrió, se presentó y me dijo: “soy de Siria, soy ingeniero.” Su comentario me hizo sonreír pero también me dio algo de tristeza. Sonreí porque así presentaba mi bisabuela a mi papá, quien también es ingeniero. “Es mi nieto, tiene una maestría.” Lo triste es que este hombre que viene de un país destruido por la guerra tenga que decir que es ingeniero para que la persona con la que está hablando vea que es un hombre educado, como justificando su presencia.

Se me ocurren dos razones por las cuales ese hombre tiene que justificar su presencia y yo no (además de que muchos no están contentos con el casi millón de Sirios que llegaron a Alemania en el 2015):

  1. Su piel es más oscura que la mía. Consecuencias del imperialismo, como todo. No importa el país en el que estemos, lo más probable es que la gente de piel oscura tenga más problemas que la de piel clara. Mi piel no es la más blanca, pero es lo suficientemente clara como para no resaltar en lugares donde la mayoría es blanca. Tristemente todavía vivimos en un mundo en el que algo tan fuera de nuestro control como el nivel de melanina con el que nacemos todavía dicte cómo somos percibidos.
  2. Su acento es más marcado que el mío. En general hablo alemán con un acento casi imperceptible, con algunos errores gramaticales y un vocabulario que, en ocasiones, se queda corto, pero casi sin acento. El plomero que quería escucharme concordar con sus teorías ridículas de lo peligrosos que somos los extranjeros no me quería ver como extranjera por mi acento. Recordé a Trevor Noah, cuando en su libro, Prohibido nacer, dice que “el lenguaje, más que el color, define cómo te ve la gente.”*

Probablemente también ayuda que soy relativamente chaparra. Los racistas altos del mundo no me ven si no van viendo para abajo.

Por qué hay gente que todavía tiene miedo de que los extranjeros influyan en su cultura, no lo sé. El único miedo que se justifica, en mi opinión, es el de las culturas que fueron parcial o totalmente destruidas en el nombre de la modernidad y del mundo civilizado. Pero en este siglo, en este mundo tan globalizado, donde uno puede comunicarse con alguien en otro continente en cuestión de segundos, uno pensaría que el compartir nuestra cultura con otros es una ventaja, no un problema. Después de todo, es por esas mezclas que somos lo que somos, que vivimos como vivimos y que hablamos lo que hablamos.

Antes de irme, les quiero compartir una frase* de la redactora jefe de Spiegel Online (versión online de la revista alemana, Der Spiegel), Barbara Hans y en una frase que escribió cuando hablaba de la diversidad en los equipos de redacción y editoriales:

“Diversidad es lo opuesto a la asimilación. Si yo soy como todos los demás, entonces no importa que también esté sentada a la mesa.”


* La traducción es mía. La frase original de Trevor Noah es: “Language, even more than color, defines who you are to people.”

* La traducción es mía. La frase original de Barbara Hans es: “Vielfalt ist das Gegenteil von Assimilation. Wenn ich so bin wie alle anderen, dann ist es egal, dass ich mit am Tisch sitze.”